―Hermanita ―habló con sorna Enrique―, tu feminismo te lleva a cometer errores gramaticales: no existe la palabra presidenta. La palabra presidente viene de preside y de ente, que es el ser que preside; y no existen las entas ni las seras
Rosa
se volvió con ira hacia su hermano, pero Alejandro explicó con voz
pausada.
―Difiero de tu opinión, Enrique. El participio activo del verbo ser no es ente, el único participio actual es sido. Sólo algunos verbos tienen entre sus derivados los llamados participios activos, que hoy se consideran sustantivos (como presidente). El verbo ser tuvo en el pasado una forma de participio activo hoy perdida, pero no era ente sino eseyente ―hablaba con mesura, sin ningún tipo de afectación. Enrique callaba y su enfado iba en aumento. Casi mascaba las palabras cuando explicó:
―No sabía que eras experto en filología, creía que eras biólogo.
―Soy biólogo, pero siempre me ha fascinado la lengua como algo vivo: cómo expresa, casi sin darnos cuenta, los valores y las carencias sociales.
Alicia, que había permanecido callada, intervino:
―Las lenguas evolucionan y, en esa evolución, se transforman. Para que una lengua tenga voces como presidenta, sólo hacen falta dos cosas: dejar a las mujeres que presidan y que haya personas que acepten y expresen la presidencia femenina.
―Hermanito ―Rosa se dirigía a Enrique con ironía―, ¿te puedo hacer una pregunta?
―Faltaría más, hija, esto ya es un tercer grado.
―Ya será menos... ¿Has pensado alguna vez por qué nadie se cuestiona la palabra sirvienta?
Según tú sería el ente que sirve, y eso a las mujeres nos viene muy bien. Es más fácil que la sociedad machista acepte sirvienta o incluso dependienta que presidenta

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