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lunes, 4 de mayo de 2020

Oda al Dos de Mayo

Entre los muchos bulos que corren hoy día por internet, está la adjudicación errónea de la poesía de Bernardo López García a Espronceda. Bueno, ni siquiera es la original de Bernardo, es una versión de Luis Molinos.

La utilización de la poesía en redes es para hacer un paralelismo con la actual España. El original de Bernardo refiere como el pueblo español reacciona ante la invasión francesa. Hay una estrofa culminante.

Y cuando en hispana tierra

pasos extraños se oyeron,

hasta las tumbas se abrieron

gritando: ¡venganza y guerra!



Y ahora avancemos o retrocedamos en el tiempo para recordar una anécdota que me contaba mi madre: España en los años cuarenta, intentando ocultar las heridas de la cruenta guerra civil. Como diría Antonio Machado:

España miserable,

ayer dominadora,

envuelta en sus harapos

desprecia cuanto ignora.



El viejecito recorría las calles de Ceuta: las huellas de la historia reciente se podían ver en su figura.

Enjuto, encorvado, cada arruga impresa en su rostro demacrado era una historia de luchas innecesarias: guerras de Cuba y de Marruecos, donde dejó su sangre, su salud y su alegría.

Sus manos ásperas y arrugadas, un poco temblorosas, sujetaban una cajita de madera atada al cuello por una cuerda. A veces hablaba de Cuba y de cómo, acuciados por el hambre, se alimentaron durante días de unas hierbas que le pusieron de color verde la córnea a sus ojos. Un grupo de chiquillos lo escuchaba atónito, mientras narraba con voz cascada sus historias.

De lo que no hablaba nunca era de la reciente guerra civil a pesar de la muerte de sus dos hijos alistados en el bando republicano. No esperaba gran cosa de la vida, pero el miedo es una buena mordaza cuando se tiene una mujer anciana y enferma que depende de ti tanto como tú de ella.

En la cajita llevaba un montoncito de caramelos, algo reblandecidos por el sol. Pregonaba con su voz temblona y átona un sonsonete conocido por todos los vecinos: “Hay caramelos y pastillas de café con leche”.

Los chiquillos lo veían siempre a la salida de la escuela; los más afortunados, aquellos que contaban con una perra gorda, le compraban algún caramelo, ante las miradas de envidia de sus compañeros menos favorecidos.

Paco era de los que miraban sin posibilidad de comprar. Los ojos inmensos del niño estaban fijos en la cajita, como hipnotizado, parando un momento su actividad frenética.

El chiquillo, a decir de vecinas y maestros, era de la piel del diablo. Sus travesuras no tenían más freno que el respeto inmenso y el amor incondicional que tenía a su madre, viuda con cuatro hijos, a los que tuvo que criar sola durante la guerra y posguerra. Capitaneaba un grupo de chavales alocados, cargando con culpas propias y, a veces, con las ajenas, soportando los castigos con estoicismo y sin perder la sonrisa. Era esa sonrisa, y su buen fondo, la que hacía ser querido a pesar de su comportamiento.

La mano arrugada del anciano dejó caer en la del chaval un caramelo pegajoso. ―Pero... ―la voz infantil denotaba asombro― no tengo una perra chica.
―No importa, te lo regalo.

El chaval metió el caramelo en la boca, saboreándolo con deleite, mientras miraba asombrado al anciano que se alejaba con su andar cansino y vacilante y su eterna cantinela: “Hay caramelos y pastillas de café con leche”.

En la España de la época, el régimen alentaba el patriotismo en todas las asignaturas. Entre hambre, enfermedad y miseria se volvía la vista a gestas pasadas, a la España del imperio en la que el sol no se ponía, a la heroica resistencia frente la invasión francesa... precisamente de ésta era la clase.

El maestro, con voz pomposa, recitaba los versos de Bernardo López García.

Oigo, patria, tu aflicción

y escucho el triste concierto

que forman tocando a muerto

la campana y el cañón...


Los críos, bastante aburridos, escuchaban el patriótico poema, esperando la hora de la liberación. Paco, aún con el regusto del caramelo en la boca escuchó decir.

Y cuando en hispana tierra

pasos extraños se oyeron,

hasta las tumbas se abrieron

gritando:


El maestro hizo una pausa, Paco no se pudo contener, con su voz nítida e infantil remedó:

“Hay caramelos y pastillas de café con leche”.

La clase estalló en risas porque la imitación era perfecta.

La rabia tiñó de rojo el rostro del profesor, se dirigió con paso rápido al chaval que recibió un tremendo bofetón.

―¡Fuera, fuera de clase! Y ya hablaré con tu madre.















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