viernes, 1 de abril de 2016

Carta abierta a don Félix de Azúa.


Leo con estupor que a doña Ada Colau le han vuelo a buscar un nuevo oficio, esta vez de vendedora de pescado. Desde luego, está claro que si abandona la alcaldía, a doña Ada le van a sobrar ofertas de trabajo; que no es poco en este país de paro laboral desorbitado.

Esta vez ha sido un académico de la RAE, don Félix de Azúa, el que ha visto en la señora alcaldesa unas cualidades inéditas para mí y que la capacitan para ser una buena pescadera.

Dice usted que una ciudad civilizada como Barcelona no la merece como alcaldesa. ¿Utiliza el término civilizado en sentido restringido y opuesto a tribal? Creo que cualquier ciudad española es civilizada.

Vayamos a otra acepción de civilizado. Usted como académico lo sabe mejor que yo: el adjetivo civilizado o civilizada se aplica «a la persona que se comporta con buena educación y civismo; es decir, que cumple con sus deberes de ciudadano, respeta las leyes y contribuye así al funcionamiento correcto de la sociedad y al bienestar de los demás miembros de la comunidad».

Las leyes democráticas implican aceptar el resultado electoral sin insultar a los electores.

Me he enterado que recibió usted en el año 2001, en Barcelona, el Premio a la Tolerancia.

¡Pues sí que ha cambiado usted en quince años! La parte teórica, como académico, se la sabrá muy bien: «Tolerancia es la actitud de la persona que respeta las opiniones, ideas o actitudes de las demás personas aunque no coincidan con las propias», pero tengo serias dudas de que sepa aplicarla, don Félix.

¿Se considera tolerante? No me lo parece. No me parece tolerante la persona capaz de decir que según los resultados electorales "la gente debe de votar borracha" y asegura que él optó por Ciudadanos. No sé que grado de alcoholemia llevaría usted a la urna, señor Azúa, pero le puedo garantizar que yo voté sobria y tras una lectura exhaustiva de los programas electorales, desde PP a Podemos. Me siento ofendida por su discurso, señor académico.

A título informativo le diré que llevo casi cuarenta años comprando pescado en la Plaza de Las Palmeritas, en Sevilla, y los señores y la señora que atienden el puesto, además de cumplir con su trabajo de forma admirable, son respetuosos, simpáticos, solícitos y amables. Me temo que si fuera usted el que vendiera pescado no le compraría ni una sardina.

1 comentario: