sábado, 12 de marzo de 2016

Soy antisistema. Sería inmoral si no lo fuese.

Hay palabras que, por su mal uso, pierden su significado, se convierten en vocablos hueros, se usan fuera de contexto y terminan con un sentido peyorativo.

Desde que vivimos los movimientos del 15-M, un grupo grande de políticos y periodistas se han dedicado a calificar de antisistema a toda persona que se atreva a manifestar una opinión no acorde con la de ellos, unido a una serie de epítetos: desde niñatos a terroristas.

A mí, que me gusta hacer un uso lo más fiel posible de la palabra, me he parado a pensar y buscar qué es un sistema.

Un sistema es un conjunto de partes o elementos organizados y relacionados que interactúan entre sí para lograr un objetivo. Se puede aplicar a un ordenador, a un país o a todo el contexto mundial.

¿Qué es entonces un antisistema? Se refiere a aquella persona o grupo de personas con una ideología disconforme con el orden político o social establecido, que mediante reivindicaciones o acciones tratan de reformarlo.

¿Y esto es malo? Se supone que en una democracia tengo derecho a opinar, a estar en desacuerdo con el orden vigente y a intentar cambiarlo. Si además lo hago de forma pacífica, con manifestaciones, proclamas... no creo que nadie lo pueda considerar negativo.

Echemos una ojeada superficial a la Historia.

¿Se puede considerar antisistema a Buda Gautama? No le gustó el sistema de lujo y poder al que pertenecía su familia optando por la meditación y la austeridad.

Dejemos la India y pasemos a China ¿Es Lao Tse otro antisistema? La corrupción de la corte le hizo alejarse buscando una política justa.

Jesús de Nazaret es un claro antisistema y lo pagó caro. No estaba de acuerdo con el imperio romano, ni con el propio Sanedrín. Resultó tan molesto como los indignados del 15-M.

Tomás Peine fue contrario al sistema esclavista que oprimía a las personas de raza negra en EE.UU.

Voltaire defendió la convivencia pacífica contra la intolerancia religiosa y la superstición.

Paul Sartre paso un año en prisión por oposición a los nazis, rechazó el premio Nobel y dirigió protestas estudiantiles en la Sorbona.

Mathama Ghandi se opuso de forma pacífica pero enérgica a la ocupación británica de la India, después de luchar por los derechos de los negros en Sudáfrica.

Son sólo una muestra de los “malvados” antisistemas a lo largo de la historia.

¿Verdaderamente es malo ser antisistema o ha habido y sigue habiendo sistemas malos a los que hay que oponerse?

He descubierto que soy antisistema. Sí, estoy en contra de un sistema que permite sirios refugiados en la frontera de Macedonia, sufriendo enfermedades que se erradicaron en la primera mitad del siglo pasado; que permite las concertinas de Melilla y Ceuta donde se estrellan y desgarran la piel y las ilusiones de miles de personas; que marca una política económica que permite el enriquecimiento de algunos y la pobreza de muchos; que no pone remedios médicos a enfermedades como el ébola hasta que no llega a Europa; que ante una crisis económica aprieta hasta asfixiar a las clases más desfavorecidas, que recorta derechos, que aumenta impuestos de forma injusta y luego los gasta mal; que hace leyes para sofocar la libertad de expresión, que utiliza el terrorismo y el dolor de las víctimas como propaganda electoral...

Pues sí, me he dado cuenta de que soy antisistema y que sería inmoral si no lo fuese.

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